El niño de Rajoy

29 04 2008

Seguro que hay un científico en alguna universidad israelí o lituana que habrá pasado media vida agitando probetas para determinar la influencia de la calidad del hidrógeno en la textura de las alas de la mosca negra. O para alcanzar la conclusión prodigiosa de que los microondas, más pronto o más tarde, nos dejarán eunucos. Todas las realidades son susceptibles de ser analizadas con una lupa de dos aumentos o con un microscopio electrónico de barrido y en todas se puede hallar motivo para redactar un breve de periódico o una tesis doctoral. Por eso, creo que no causa ningún sobresalto ni consternación del alma a nadie el interés tremendo que genera el guirigay precongresual del Partido Popular. La caída y auge de Mariano Rajoy, el que pudo haber sido y no fue, como cantó Machín.
      Rajoy ha empeñado su honra y su honor en descubrirse como el líder carismático que sacará a España del pozo sin fondo en el que nos ha enterrado el pérfido Zapatero. Un viaje al centro de la política en el que no está sólo. Francisco Camps pasea estos días su tez cetrina por media España con el traje de telonero del candidato a candidato. Por Córdoba, Elx, Madrid o Valencia, el molt honorable se ha echado al hombro la maleta de presidente regional del PP y se ha lanzado a eso de la recogida del aval, que es una hortaliza para la que no hace falta agua, ni del Ebro ni del Palancia, pero que alimenta lo suyo en tiempo de carestías como las del Partido Popular en las postrimerías del 9-M. Rajoy no parió a una niña, fue niño y su ADN es valenciano.
      O la Generalitat funciona con piloto automático, que todo podía ser, o Camps tiene el don pseudodivino de la ubicuidad. El Gobiernus interruptus de los valencianos marcha al ritmo marcial de los tambores de la guerra del agua, que es la gran gesta de la victoria popular que los libros de caballerías de este siglo XXI cantarán, seguramente en las pantallas de Canal 9. Ya pueden exprimirse las nubes y llover ranas, como hace unos meses en Benassal, que la sequía nos deshidratará los campos y hasta las meninges.
      Precaución, amigo conductor. Decía Berger Evans, con sorna anglosajona, que “quizá nosotros hayamos acabado con el pasado, pero el pasado no ha acabado con nosotros”. Es lo que puede suceder cuando uno se mira en el espejo de la complacencia y pregunta, con voz de autoseducción, quién es más guapo, si Rajoy o Doña Cuaresma. A veces esto de la política patria se nos parece una zarzuela o un perreo callejero como el del Chiki-chiki. Lo baila Mariano, mi amor ya tú sabes.





Se busca Obama

24 03 2008

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Primera consideración: el PSOE ganó las elecciones y gobernará, desde una precariedad plácida, bajo el liderazgo atemperado de Zapatero. Segunda consideración: el PP ha perdido, pero ha asentado una hegemonía casi perpetua en una Comunitat Valenciana que parece olvidar su raíz izquierdista, republicana y blasquista. Tercera consideración: el conflicto territorial persistirá entre centro y periferia, entre progresismo centrista y derecha drástica, entre Gobierno y Consell. Cuarta consideración (y última): se abre la veda para la administración de fracasos y derrotas, victorias y laureles.

      Interesa saber, y mucho, cómo se gestionará el triunfo, pero la adjudicación del éxito no tiene glamour mediático, lo que en verdad atrae es el debate de la catástrofe. Un ámbito, el de los descalabros, en el que el PSPV atesora experiencia probada desde que en 1995 fuera apartado del Gobierno valenciano por las huestes del zaplanismo aquel, ese que ya es sorda historia. Ahora empieza el tiempo de la reflexión, de preguntas con respuestas. Los días después son buenos escenarios para la retórica, para explorar causas y porqués, meter el dedo en el ojo ajeno y marear perdices. Pero, sobre todo, para repensar el veredicto del juicio final y buscar las claves de la derrota o, mejor dicho, del fracaso. (Porque la derrota supone la aniquilación, la aceptación de que el otro ha ganado a nuestra costa, que uno ha sido desplazado del paisaje. Siempre es preferible el fracaso, que se vincula al error propio, pero admite la posibilidad del resurgimiento).

      El socialismo valenciano se lame sus heridas con la vista puesta en el congreso nacional en el que deberá/debería vitaminarse y mineralizarse, al estilo de Super Ratón, para afrontar un tiempo, otro, en el que edificar una nueva confianza ciudadana. La cita emplaza a las mujeres y hombres socialistas a definir el marco de relaciones que quieren para el electorado progresista-centrista. Una tarea a la que afanarse para reconquistar el crédito político dilapidado. Pero ante todo, el empeño principal del PSPV deberá/debería ser la búsqueda del nuevo rostro del socialismo valenciano, líder o lideresa que dinamice un partido estático, distante y noqueado por el victimismo rampante del Partido Popular. La misión es tan difícil como posible, siempre que las taifas dejen de escupir al aire (ya se sabe que todo lo que sube tiende a bajar) y funcione el marketing. Es obvio. Se busca Obama. Requisitos: imaginación, modernidad, cercanía. Razón: Blanquerías, 4.





¿Y ahora qué?

12 03 2008

 

 

El pueblo ha hablado y su voz debe ser respetada. Guste a los que menos tanto como a los que más. Cosa difícil ante esta réplica electoral de 2004, con el terrorismo fanático y asesino en amenaza perpetua a la democracia. Las urnas han dejado clara la preferencia de la mayoría por el PSOE y no habría más que acatarla. Pero la pregunta es: ¿será posible? La crispación que ha incendiado la legislatura debería tener fin en esta nueva etapa y a partir de ahí, un consenso abierto a todos para replantear las reglas de juego de la democracia. Las primeras palabras de José Luis Rodríguez Zapatero tras la victoria apuntan en esa dirección de borrón y cuenta nueva.

      La situación, sin embargo, no está para idilios. Está por ver hasta qué punto una parte de la derecha humillada en las urnas, la más cavernosa y montaraz, está en verdad dispuesta a aceptar la derrota y a lamerse sus heridas sin infligir otras nuevas. Sería conveniente para la salud democrática que se abriera un tiempo nuevo, circunstancia que será inviable con un Partido Popular que dialoga con el hacha en la mano. La reafirmación del liderazgo, aunque precario, de Mariano Rajoy deberá acompañarse de algo de orden y limpieza en los mandos intermedios que tanto han empozoñado España, para no sumar nada a la victoria. El acebismo y el zaplanismo están condenados a pasar al capítulo negro de la historia política española. Y está por ver, tiempo habrá, si los nuevos estilos de la derecha vienen del aguirrismo o el gallardonismo.

      El análisis posparto tiene una segunda parte no menos despreciable en la Comunitat Valenciana. La estrategia del victimismo pertinaz ha vuelto a otorgar excelentes réditos al PP. La victoria popular es incuestionable, pero a nadie escapa que el salto electoral dado con respecto a 2004 tiene mucho de coyuntural: la ley d’Hont le ha puesto en bandeja el escaño que gana Alicante por incremento población y el que pierde la izquierda a la izquierda del PSOE por la marimorena en el seno de una Esquerra Unida que se ha conducido con ortodoxias suicidas. También para EU comienza ahora un tiempo nuevo: el de las dimisiones. En el PP, los arrebatos de los González Pons & Cia a lo Scartett O’Hara en la plantación de Tara jurando que la Comunitat Valenciana no volverá a pasar sed han calado en el subconsciente colectivo de casi la mitad de los votantes. Pero es un castillo de naipes que algún día caerá con estrépito. En el PSPV, los tambores congresuales llaman a la refundación. Y eso no es, ni siquiera, una VPO de naipes.





Ausencia

7 03 2008

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Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde. //

Jorge Luis Borges





El nieto del general

5 03 2008


El laberinto de la genealogía es inescrutable. Si tuviéramos la capacidad de caminar atrás por el tronco familiar y desandar las ramas de quienes han sido nuestros ancestros desde el principio de los días, hallaríamos tanto a prohombres nobles como a tipos advenedizos y maléficos. Seres de condición fantástica y almas que se lleve el diablo. La bondad y la vileza se han repartido sin criterio por la historia del mundo. Por fortuna: los humanos heredamos el ADN, pero no la gloria o la malasangre de nuestros antepasados.
La política, a veces, también es cuestión de familias. Hay presidentes de diputaciones que son hijos de presidentes de diputaciones, nietos de presidentes de diputaciones y tataranietos de presidentes de diputaciones. Y para más redondeo del currículo, son padres de senadores, diputadas y, quién sabe, presidentas de diputaciones. Y no sólo es en la derecha donde arraigan estas monarquías provincianas. Todos los partidos tienen familias que transmiten la política por la vía de los genes.
Manuel Pizarro Moreno, el conejo que el PP se ha sacado de la chistera estas elecciones, tiene una vena política de origen familiar. Un rastreo fácil por las ramas genealógicas del ex presidente de Endesa permite localizar a su padre, Manuel Pizarro Indart , farmacéutico de profesión, quien fuera miembro de la División Azul, concejal del Ayuntamiento de Teruel, vicepresidente de la Diputación Provincial y procurador en las Cortes franquistas por el tercio familiar. Pero las esencias antidemocráticas más firmes fueron las de su abuelo, Manuel Pizarro Cenjor, un militar fascistoide de orden y mando al que Franco destinó a acabar con el movimiento guerrillero que se guarnecía en los montes de Teruel, Castellón, Valencia y Cuenca: la temida Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, quizá el único intento con visos de eficacia para acabar con la dictadura militar.
El general Pizarro empleó tácticas furibundas para acabar con los maquis. La represión de la guerrilla fue una verdadera violencia de Estado a la que el franquismo recurrió para acabar con cualquier rastro de oposición política y militar. Pizarro se adjudicó los calificativos de autoritario e implacable por el terror extremo con que sofocó la insurgencia. Bombardeó montes, desalojó masías, quemó cosechas, apaleó a los campesino, envenenó víveres… fustigó a quienes podían servir de enlaces a la guerrilla. Una represión terrible que, al fin y a la postre, acabó con el objetivo perseguido por el franquismo: el maquis, extenuado y sin perspectiva de éxito, afrontó la retirada a Francia, la última derrota de la guerra.
Los Pizarro nunca han ocultado su adhesión inquebrantable a la violencia como motor del cambio. El ultraliberal que ahora vocea las excelencias del sistema democrático, con ese desparpajo de ingenuidad excéntrica que empieza a definir su atrabiliaria personalidad, se ha declarado “un viejo soldado con experiencia en batallas”. Una comparación, esta vez más que nunca, odiosa.





La medición del deseo

29 02 2008

Al final tendrá razón Borges, aunque sea una razón póstuma, por decir que la democracia es un abuso de la estadística. La organización política que disfrutamos, impuesta no sin sangre, sudor y lágrimas sobre otras aún más imperfectas, tiende a reducir la voluntad del individuo a la impasible matemática. Desde que el mundo es mundo, mandatarios de primera o de segunda acostumbran a gobernar la sociedad como a un ejército de números y los individuos se someten a esa imposición sin griterío.

      Las encuestas son un ejemplo perverso de esa numerología. Las convocatorias electorales de la democracia han coincidido con la eclosión de los sistemas de medición de la opinión pública. En cada preámbulo de la cita con las urnas los partidos políticos aplican medios para conocer si sus mensajes calan en la ciudadanía; también los medios de comunicación. Los primeros, por sondear hasta dónde llega el eco de sus acciones u omisiones; los segundos, por el síndrome de atisbar el futuro medio minuto antes que la competencia.

      Pero las encuestas no son el oráculo esperado. Los últimos procesos electorales han dejado una espesa sombra de duda sobre el presunto arte de la demoscopia. Las encuestas fallan más que una escopeta de feria. Sociólogos, politólogos y otros ólogos saben de la importancia de medir el tono del electorado, esencial para reconducir estrategias y campañas, pero asumen la dificultad de contar con resultados certeros.

      Las consultoras de opinión luchan desde hace años contra un piélago de calamidades, que diría Hamlet. Las nuevas tecnologías de la información facilitan la realización de encuestas cada vez más inmediatas, pero también menos rigurosas y exactas. La selección de muestras cortas o de conveniencia, los sesgos y el abuso de los sondeos telefónicos, sin dejar de lado la aún incipiente cultura política de los españoles, abocan al fracaso los intentos de pasar al lenguaje de los números algo tan insondable como la emoción, la euforia y el deseo de quienes simpatizan con los líderes o los partidos mayoritarios. Es tan inviable como intentar detener el tiempo o querer parar un río con las manos.

      La vecina Francia, siempre un paso por delante en desarrollos democráticos, ha impulsado la creación de un comité nacional para velar por la seriedad de las encuestas. Expertos independientes, con conocimiento profuso en metodologías sociológicas detectan los desatinos de las encuestadoras y tratan de devolverles el prestigio perdido. Aquí, a partir del 9 de marzo, habrá que ir pensando en lo mismo.