La medición del deseo

29 02 2008

Al final tendrá razón Borges, aunque sea una razón póstuma, por decir que la democracia es un abuso de la estadística. La organización política que disfrutamos, impuesta no sin sangre, sudor y lágrimas sobre otras aún más imperfectas, tiende a reducir la voluntad del individuo a la impasible matemática. Desde que el mundo es mundo, mandatarios de primera o de segunda acostumbran a gobernar la sociedad como a un ejército de números y los individuos se someten a esa imposición sin griterío.

      Las encuestas son un ejemplo perverso de esa numerología. Las convocatorias electorales de la democracia han coincidido con la eclosión de los sistemas de medición de la opinión pública. En cada preámbulo de la cita con las urnas los partidos políticos aplican medios para conocer si sus mensajes calan en la ciudadanía; también los medios de comunicación. Los primeros, por sondear hasta dónde llega el eco de sus acciones u omisiones; los segundos, por el síndrome de atisbar el futuro medio minuto antes que la competencia.

      Pero las encuestas no son el oráculo esperado. Los últimos procesos electorales han dejado una espesa sombra de duda sobre el presunto arte de la demoscopia. Las encuestas fallan más que una escopeta de feria. Sociólogos, politólogos y otros ólogos saben de la importancia de medir el tono del electorado, esencial para reconducir estrategias y campañas, pero asumen la dificultad de contar con resultados certeros.

      Las consultoras de opinión luchan desde hace años contra un piélago de calamidades, que diría Hamlet. Las nuevas tecnologías de la información facilitan la realización de encuestas cada vez más inmediatas, pero también menos rigurosas y exactas. La selección de muestras cortas o de conveniencia, los sesgos y el abuso de los sondeos telefónicos, sin dejar de lado la aún incipiente cultura política de los españoles, abocan al fracaso los intentos de pasar al lenguaje de los números algo tan insondable como la emoción, la euforia y el deseo de quienes simpatizan con los líderes o los partidos mayoritarios. Es tan inviable como intentar detener el tiempo o querer parar un río con las manos.

      La vecina Francia, siempre un paso por delante en desarrollos democráticos, ha impulsado la creación de un comité nacional para velar por la seriedad de las encuestas. Expertos independientes, con conocimiento profuso en metodologías sociológicas detectan los desatinos de las encuestadoras y tratan de devolverles el prestigio perdido. Aquí, a partir del 9 de marzo, habrá que ir pensando en lo mismo.