El nieto del general

5 03 2008


El laberinto de la genealogía es inescrutable. Si tuviéramos la capacidad de caminar atrás por el tronco familiar y desandar las ramas de quienes han sido nuestros ancestros desde el principio de los días, hallaríamos tanto a prohombres nobles como a tipos advenedizos y maléficos. Seres de condición fantástica y almas que se lleve el diablo. La bondad y la vileza se han repartido sin criterio por la historia del mundo. Por fortuna: los humanos heredamos el ADN, pero no la gloria o la malasangre de nuestros antepasados.
La política, a veces, también es cuestión de familias. Hay presidentes de diputaciones que son hijos de presidentes de diputaciones, nietos de presidentes de diputaciones y tataranietos de presidentes de diputaciones. Y para más redondeo del currículo, son padres de senadores, diputadas y, quién sabe, presidentas de diputaciones. Y no sólo es en la derecha donde arraigan estas monarquías provincianas. Todos los partidos tienen familias que transmiten la política por la vía de los genes.
Manuel Pizarro Moreno, el conejo que el PP se ha sacado de la chistera estas elecciones, tiene una vena política de origen familiar. Un rastreo fácil por las ramas genealógicas del ex presidente de Endesa permite localizar a su padre, Manuel Pizarro Indart , farmacéutico de profesión, quien fuera miembro de la División Azul, concejal del Ayuntamiento de Teruel, vicepresidente de la Diputación Provincial y procurador en las Cortes franquistas por el tercio familiar. Pero las esencias antidemocráticas más firmes fueron las de su abuelo, Manuel Pizarro Cenjor, un militar fascistoide de orden y mando al que Franco destinó a acabar con el movimiento guerrillero que se guarnecía en los montes de Teruel, Castellón, Valencia y Cuenca: la temida Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, quizá el único intento con visos de eficacia para acabar con la dictadura militar.
El general Pizarro empleó tácticas furibundas para acabar con los maquis. La represión de la guerrilla fue una verdadera violencia de Estado a la que el franquismo recurrió para acabar con cualquier rastro de oposición política y militar. Pizarro se adjudicó los calificativos de autoritario e implacable por el terror extremo con que sofocó la insurgencia. Bombardeó montes, desalojó masías, quemó cosechas, apaleó a los campesino, envenenó víveres… fustigó a quienes podían servir de enlaces a la guerrilla. Una represión terrible que, al fin y a la postre, acabó con el objetivo perseguido por el franquismo: el maquis, extenuado y sin perspectiva de éxito, afrontó la retirada a Francia, la última derrota de la guerra.
Los Pizarro nunca han ocultado su adhesión inquebrantable a la violencia como motor del cambio. El ultraliberal que ahora vocea las excelencias del sistema democrático, con ese desparpajo de ingenuidad excéntrica que empieza a definir su atrabiliaria personalidad, se ha declarado “un viejo soldado con experiencia en batallas”. Una comparación, esta vez más que nunca, odiosa.